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Mitos clásicos (II): La ardiente carroza del sol


Los primitivos griegos acostumbraban a trabajar y divertirse de un modo muy distinto al de ahora. Los hombres y los niños vivían más que nada al aire libre. Como no tenían aún libros de ninguna clase, ni espectáculos ni entretenimiento como los que hoy existen, se divertían, sobre todo, en deportes como la caza, la natación y los juegos atléticos. Hasta sus negocios los hacían más al aire libre que en asfixiantes oficinas. En tiempos de paz, los agricultores araban los campos, sembraban las semillas y recogían las cosechas. Los mercaderes y aventureros navegaban por los mares y llegaban lo más lejos posible en sus pequeñas barcas abiertas. En tiempos de guerra, los hombres que no combatían se adiestraban para ser soldados.

Los mitos antiguos muestran cómo disfrutaban los griegos de su vida al aire libre. Su detenida observación de la naturaleza les enseñó a amarla. Sus milagros de belleza ocurrían siempre porque, pensaban los griegos, los dioses jamás dormían. La Vía Láctea, que parpadeaba en los cielos, era el camino recorrido por los Poderosos cuando volvían de la Tierra al cielo. Sólo Iris (la mensajera de pies ligeros de Juno) seguía un camino separado, el arco iris. Los afortunados podían verla de día cuando el sol, al volver, hacía brillar los colores de una manera más luminosa después de la lluvia.
Cuando los griegos observaban la carroza del sol de Apolo, que se desplazaba sobre el arco del cielo, pensaban que el dios que realizaba todos los días un viaje tan arriesgado debía ser muy poderoso. Les habían contado que, en tiempos lejanos, a la Tierra le sucedió una terrible catástrofe, cuando un conductor menos hábil que Apolo empuñó las riendas; y veían aún en la Tierra las huellas de ese cataclismo. He aquí el mito:
“Un niño mortal, Faetón, vivía con su madre, la ninfa oceánica Climene, en una caverna situada debajo del mar. A temprana hora, todas las mañanas, cuando los rayos del sol penetraban por primera vez allí, Climene sacaba a su hijo de la caverna, para que viera ascender lentamente por el cielo el dorado carro. Cierto día, le dijo al niño que el conductor del carro, Apolo, el que daba la luz, era su padre. Desde entonces, Faetón observaba siempre el cielo, tratando de distinguir con más claridad a su padre. Pero aunque se protegía los ojos con las manos, el resplandor del sol lo deslumbraba tanto que no lograba ver nada.
Sin embargo, Faetón sabía que su madre le había dicho la verdad. Comenzó a confiar en que, algún día, se encontraría con su progenitor cara a cara. Y tenía ansias de ello. No pudo contenerse y reveló a sus compañeros de juego su audaz deseo. Con gran consternación suya, no sólo se burlaron de él, sino que hasta se negaron a creer que fuese el hijo de un dios.
Se separó de ellos, irritado, y volviéndose al lado de su madre, gritó: -Dime, te lo ruego, cómo puedo hallar el palacio de Apolo, para pedirle que me dé una señal que pruebe que soy su hijo.
Al ver que nada podía contenerlo, Climene respondió:
-Apresúrate a llegar a las ventanas del Este, donde la Aurora, la de los dedos rosados, la diosa del alba, levanta por primera vez la cortina del día. Busca allí a tu padre, antes de que abandone su lecho para subir a la bóveda azul del cielo y traer el día.
Alegremente, Faetón emprendió el viaje y no descansó hasta ver las relucientes murallas del palacio del dios sol, que erguía su imponente mole entre las nubes. Las puertas estaban abiertas, porque Apolo conocía a su hijo y lo había visto llegar desde muy lejos.
Sentado sobre su trono de diamantes y rodeado por sus servidores las Horas, los Días, las Estaciones y los Años, el dios del sol se quitó su llameante corona, por temor a que su hijo quedara cegado por su brillo. Faetón nunca había visto tan hermoso espectáculo. Y cuando su padre lo besó, el niño le explicó con impetuosas frases todo su problema.
Apolo frunció el ceño con aire sombrío al enterarse de que alguien se había burlado de su hijo a causa de su nacimiento, y con terrible voz, exclamó:
-Por el terrible río Estigia, juro darte lo que quieras para que puedas probar ante todos los hombres que eres mi hijo.
Al oir estas palabras, los servidores del dios retrocedieron con temor. Sabían que un juramento tan sagrado no podía ser violado y temieron oir lo que pediría Faetón.
-¡Por un día, oh padre, concédeme el derecho a guiar tu dorada carroza a través de los cielos! –exclamó gozoso el joven.
Todos los que lo oyeron, palidecieron del susto. Y Apolo se arrepintió muchísimo de su promesa. Sabiendo lo que sucedería, incitó al temerario joven a retirar sus descabelladas palabras y a pedir cualquier otra cosa. Pero Faetón no quiso, porque su espíritu, a semejanza del de los dioses, era audaz y decidido.
Finalmente, Apolo se levantó y ordenó, apenado, a las Horas, que enjaezaran a los corceles que arrojaban fuego por la boca. Ya esos grandes animales se impacientaban por partir. Aurora abrió de par en par las puertas del Este y desterró a todas las estrellas. Recordando la muerte de su propio hijo mortal, la diosa derramó algunas brillantes lágrimas que cayeron sobre la Tierra en forma de rocío. Luego, preparó un sendero sembrado de rosas que llevaba directamente desde las puertas del palacio hacia el cielo y se inclinó, para sumergirse en el océano del otro lado del horizonte.
Cuando todo estuvo dispuesto, Apolo se despidió de su hijo con profundos suspiros y untó el rostro del valiente joven con un precioso ungüento, para protegerlo del calor. Faetón le dio presurosamente las gracias, saltó a la carroza y sujetó con fuerza las riendas. Los ígneos corceles se lanzaron por el camino abierto. Nunca habían arrastrado una carga tan liviana. Al galopar, los salvajes animales adivinaron que no les gobernaba la mano del dios. Pronto, la carroza comenzó a balancearse de un lado a otro, y Faetón, violentamente zarandeado, sujetaba las riendas con manos doloridas. A ambos lados vio a los repulsivos monstruos que los dioses pusieron en el cielo: el mortífero cangrejo, la venenosa serpiente y el oso bostezante. Presa del pánico, soltó las riendas. Los caballos, desbocados, se desviaron de su camino y se sumergieron tan abajo, que los bosques de la Tierra se incendiaron. En pocos segundos, se secaron los manantiales y arroyos, el calor marchitó todos los árboles y flores; grandes extensiones de fértil tierra se trocaron en los desiertos de hoy, y la gente que no pudo encontrar cavernas donde ocultarse se tostó con la quemante luz, y sus hijos, los negros, lo siguen siendo hasta hoy.
Al ver Faetón lo que había hecho, aferró el látigo y fustigó a los corceles con todas las fuerzas. Resoplando de dolor, los sobresaltados animales subieron con la velocidad del rayo, llegando al borde más alto del cielo. Entonces, sobre la Tierra empezó a reinar un repentino frío. Los animales salvajes que carecían de refugio perecieron, y los hombres, jadeantes, elevaron sus heladas plegarias a Júpiter (Zeus).
El rey de los dioses vio su angustia. Presa de terrible ira, asió un mortífero rayo y lo lanzó con todas las fuerzas de su brazo derecho, directamente contra el desatinado auriga. Faetón se vio arrojado de la veloz carroza y cayó de bruces a través del espacio, con el dorado cabello en llamas. Cuando los hombres alzaron los ojos y notaron aquella luz, les pareció que caía del cielo algún nuevo cometa. Apolo lloró de pena y se cubrió el rostro, con su vestidura púrpura, al ver que su hijo iba hacia la muerte. Pero el río Po extendió bien sus brazos y acogió al joven en su refrescante corriente. Se dice que los álamos que crecen sobre sus orillas son las hermanas de Faetón, que fueron transformadas en árboles, y que sus lágrimas se volvieron ámbar, porque nunca dejaron de pararse junto al río y de llorar su muerte.”
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